José Percy Paredes Coimbra
«La crisis consiste obligatoriamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer; en ese intervalo surgen los fenómenos morbosos más variados.» — Antonio Gramsci
Durante gran parte del siglo XX, la lucha de clases en Bolivia parecía responder al esquema clásico descrito por Karl Marx: una confrontación entre las élites propietarias de la tierra, la minería y el capital financiero, frente a trabajadores, campesinos e indígenas organizados. La Revolución Nacional de 1952, las luchas mineras, las movilizaciones campesinas y el surgimiento del movimiento indígena-popular fueron recuerdos de esa confrontación histórica.
No obstante, la Bolivia del siglo XXI ha transmutado abismalmente la constitución de sus actores sociales. Las clases sociales ya no se exteriorizan con la nitidez del pasado. La expansión urbana, el crecimiento de sectores informales, la emergencia de nuevas clases medias, la economía popular y los cambios políticos de las últimas dos décadas han configurado un escenario mucho más enredado y complejo. La lucha de clases no ha muerto; ha cambiado de forma y la disputa por la representación de los sectores populares revelan un proceso que puede interpretarse, desde una perspectiva gramsciana, como una crisis de hegemonía.
En términos de Gramsci, lo que está en juego es la capacidad de construir un nuevo bloque histórico capaz de articular intereses diversos en torno a un proyecto compartido de país.
La lucha de clases más allá de la economía
Durante el período político iniciado en 2006, vastos sectores indígenas, campesinos y populares consiguieron una inédita presencia en las instituciones estatales. La nueva Constitución, el reconocimiento del Estado Plurinacional y la ampliación de derechos transformaron la relación histórica entre el Estado y sectores que durante décadas habían permanecido excluidos.
Al mismo tiempo, brotaron nuevas tensiones. La expansión del aparato estatal, el fortalecimiento de organizaciones sociales vinculadas al gobierno y la aparición de nuevos grupos económicos ligados a contratos públicos, cooperativas, comercio y servicios dieron lugar a una estructura social más diversa. Como resultado, algunos analistas sostienen que parte del conflicto actual ya no enfrenta únicamente a una élite tradicional con sectores populares, sino también a distintos grupos que compiten por recursos, representación política y capacidad de influencia dentro del propio Estado.
Gramsci amplió la comprensión clásica de la lucha de clases al señalar que la dominación no se sostiene solo por el control de los medios de producción o por la coerción estatal. También depende de la capacidad de generar consenso, de presentar un determinado proyecto político como si representara el interés general de toda la sociedad.
Aplicada a Bolivia, esta idea invita a mirar el conflicto contemporáneo como una disputa por el sentido común nacional: ¿qué significa hoy el Estado Plurinacional?, ¿cuál debe ser el modelo de desarrollo?, ¿qué papel corresponde a los pueblos indígenas, al empresariado, a las organizaciones sociales y al Estado en la construcción del futuro?
La lucha de clases se expresa tanto en la economía como en las narrativas, la educación, los medios de comunicación, las redes sociales y las instituciones. Es una confrontación por la dirección intelectual y moral del país.
La crisis económica como acelerador del conflicto
La coyuntura boliviana reciente está marcada por problemas económicas, conflictos políticos, protestas y un clima de fuerte polarización. Entre los factores importantes por diferentes análisis se encuentran la presión sobre las finanzas públicas, problemas de abastecimiento de combustibles, inflación, deterioro del poder adquisitivo y una creciente conflictividad social.
En este contexto, la disputa política se entrelaza con demandas materiales: trabajadores reclaman mejores salarios, productores buscan estabilidad para sus actividades, organizaciones indígenas y campesinas exigen respuestas a problemas económicos, mientras sectores empresariales impulsan reformas orientadas a una mayor liberalización de mercados.
Durante los primeros períodos del siglo XXI se configuró en Bolivia un bloque histórico integrado por organizaciones indígenas, campesinas, sindicatos, sectores urbanos populares y parte de las clases medias. Ese bloque logró impulsar significativas innovaciones institucionales, entre ellas el afianzamiento del Estado Plurinacional, el reconocimiento de derechos colectivos y una mayor inclusión política de sectores históricamente marginados.
Sin embargo, ningún bloque histórico permanece inalterable. Los cambios económicos, las nuevas demandas sociales, la diversificación de la estructura productiva y las diferencias estratégicas entre organizaciones fueron generando tensiones internas. La crisis económica y la polarización política profundizaron esas fracturas.
Desde una perspectiva gramsciana, esto no significa necesariamente el fin de un proyecto histórico, sino el debilitamiento de la capacidad de una alianza política para seguir ejerciendo hegemonía sobre un conjunto amplio de sectores sociales.
Una nueva composición del bloque popular
El mencionado «bloque popular» ya no constituye un actor homogéneo. En él coexisten organizaciones indígenas, sindicatos, campesinos, cooperativas, trabajadores urbanos, comerciantes, pequeños empresarios, transportistas y profesionales. Aunque estos sectores intervienen algunos intereses, también mantienen discrepancias transcendentales sobre el modelo económico, el papel del Estado, la distribución de recursos y las formas de representación política.
Esta diversidad explica por qué las movilizaciones recientes han reunido peticiones muy distintas y, en ocasiones, difíciles de sintetizar en un único proyecto político.
Gramsci distinguía entre la «guerra de maniobra», basada en la confrontación directa, y la «guerra de posiciones», centrada en la disputa prolongada por la influencia dentro de la sociedad civil.
La política boliviana actual parece responder importantemente a esta segunda lógica. Los actores políticos no solo rivalizan por el control del gobierno. También buscan influir en sindicatos, organizaciones campesinas, pueblos indígenas, universidades, iglesias, medios de comunicación, plataformas digitales y espacios culturales. La legitimidad se construye tanto mediante programas económicos como mediante la capacidad de definir los marcos interpretativos con los que la sociedad comprende la realidad.
Quien logra instalar una narrativa concluyente sobre la crisis, la identidad nacional o el desarrollo adquiere una ventaja estratégica en la disputa por la hegemonía.
Uno de los ejes centrales del debate boliviano es el modelo de desarrollo. Algunas posiciones plantean profundizar un Estado con fuerte mediación económica y énfasis en la redistribución, mientras otras defienden una mayor participación del sector privado y reformas orientadas al mercado. En las últimas semanas, por ejemplo, el gobierno autorizó la importación privada de combustibles para enfrentar la escasez, una medida interpretada de manera muy diferente por distintos actores políticos y económicos.
Más allá de las valoraciones, el debate refleja una disputa sobre el papel que debe desempeñar el Estado y sobre cómo enfrentar una economía sometida a fuertes tensiones.
El papel de los intelectuales y los liderazgos comunitarios
Para Gramsci, toda metamorfosis política requiere intelectuales orgánicos: personas capaces de formular las experiencias, pretensiones y conocimientos de los grupos sociales a los que pertenecen.
En Bolivia, esa función no corresponde exclusivamente a académicos o expertos y especialistas. También tiene ser desempeñada por autoridades indígenas, dirigentes sindicales, líderes comunitarios, educadores, artistas, comunicadores y jóvenes organizados que articulan las solicitudes de sus comunidades con una visión de país.
El desafío consiste en edificar puentes entre los saberes comunitarios, el conocimiento técnico y el debate público, evitando tanto el aislamiento de las élites intelectuales como la depreciación del conocimiento producido desde los territorios.
La confrontación actual no es exclusivamente económica. También existe una disputa por la identidad nacional, la memoria histórica, el significado del Estado Plurinacional, la representación de los pueblos indígenas y la interpretación del proceso político de las últimas décadas.
En este terreno cobran importancia los medios de comunicación, las redes sociales, la producción de discursos públicos y la capacidad de construir legitimidad. La competencia política se desenvuelve tanto en las instituciones como en el espacio de las narrativas y de la opinión pública.
En este caso Gramsci imaginaba el Estado en un sentido amplio, completando las instituciones gubernamentales con la sociedad civil. Desde esta perspectiva, la disputa política no se limita a ocupar cargos públicos; también involucra influir en las organizaciones sociales, los sistemas educativos, los medios de comunicación y los espacios de formación ciudadana.
Por tanto, en Bolivia, el futuro del Estado Plurinacional estará en manos de no solo las decisiones gubernamentales, sino también de la capacidad de reconstruir vínculos de confianza entre las instituciones y la ciudadanía, y de generar consensos sobre las reglas básicas de convivencia democrática.
¿Una nueva lucha de clases?
Hablar de una «nueva lucha de clases» implica mostrarse de acuerdo que las formas tradicionales de organización social se han transfigurado.
Las élites financieras conservan capacidad de influencia, pero también han surgido nuevos actores empresariales, nuevas clases medias y organizaciones populares con distintos intereses. Al mismo tiempo, los sectores populares no constituyen un bloque uniforme, sino un conjunto diverso con prioridades y estrategias diferentes.
La coyuntura boliviana puede concebirse, por tanto, como una disputa simultánea por recursos económicos, representación política, orientación del Estado y legitimidad cultural. Reducirla a un único enfrentamiento entre «ricos» y «pobres» dejaría fuera buena parte de la complicación del momento actual.
La consumación de este proceso dependerá de la capacidad de los distintos actores para edificar acuerdos institucionales, responder a las demandas sociales y ofrecer un horizonte de estabilidad. Si ello no ocurre, la polarización política y las tensiones económicas podrían seguir alimentando ciclos periódicos de confrontación que dificulten la gobernabilidad y el desarrollo del país.
Hacia una nueva supremacía
La principal ilustración de Gramsci es que ninguna supremacía es permanente. Todo proyecto político necesita renovarse, incorporar nuevas demandas sociales y construir consentimientos que respondan a los cambios históricos.
La Bolivia contemporánea enfrenta retos que no estaban presentes hace dos décadas: metamorfosis demográficas, desafíos ambientales, metamorfosis energética, economía digital, urbanización acelerada, nuevas formas de organización juvenil y un escenario internacional más incierto.
Si los diferentes actores políticos intentan conducir el país, corresponderá ofrecer respuestas a estos desafíos y no limitarse a reproducir las narrativas del pasado. La capacidad de integrar a sectores diversos en torno a un proyecto nacional incluyente será terminante para superar la actual crisis de supremacía.
Desde una lectura gramsciana, la nueva lucha de clases en Bolivia no se libra exclusiva y únicamente en las calles, en las urnas o en los mercados. Se desarrolla también en el terreno de las ideas, la cultura, la educación y la construcción del sentido común. Allí se define qué proyecto logra convertirse en referencia para la mayoría de la sociedad.
En ese sentido, el desafío central no consiste solo en conquistar el poder político, sino en construir una hegemonía democrática capaz de articular pluralidad, justicia social, reconocimiento intercultural y estabilidad institucional. Solo entonces podrá decirse que un nuevo bloque histórico ha comenzado a emerger para responder a las contradicciones del presente y abrir un horizonte de futuro para Bolivia.
bolivia-economic-collapse-decreasing-values-coins-2357006113Bolivia crisis financiera en gráfico económico. Foto de stock 2698575389 _ Shutterstock

