La batalla cultural en América Latina: la guerra de posiciones por el sentido común

José Percy Paredes Coimbra

En los instantes de crisis profunda, la lucha política deja de ser solo una disputa por el control del Estado y se transpone a un terreno más complicado, decisivo y concluyente: la cultura.  Antonio Gramsci lo vislumbró con claridad y luminosidad al esbozar que el poder no se mantiene exclusivamente por la fuerza, sino por la capacidad de edificar aprobación. Es ahí donde brota la llamada “guerra de posiciones”: una batalla larga y prolongada por el sentido común de la sociedad.

No se trata de una conquista inmediata del poder político. Se trata de algo más profundo: transfigurar la forma en que las personas piensan, sienten, juzgan y conciben el mundo.

No estamos solo ante una disputa política. Vivimos en medio de una guerra.  No una guerra de armas, sino una guerra por la mente, por el conocimiento, por el sentido común.  Como lo entendió Antonio Gramsci, el poder no se sostiene únicamente por la fuerza, sino por la capacidad de hacer que los pueblos acepten como natural lo que en realidad es dominación.   Y eso es lo que está en juego hoy en América Latina.

La superioridad y hegemonía: el indiscutible campo de batalla

Para Gramsci, la superioridad no es solo dominación. Es liderazgo cultural, moral, honesto e intelectual. Es lograr que una visión del mundo sea asumida como “natural” por la mayoría.

En este sentido, la batalla cultural es: Una disputa por los valores, una lucha por las ideas y una confrontación por el sentido común.  Quien logra precisar qué es “normal”, qué es “justo” y qué es “posible”, tiene una superioridad decisiva en la política.

La guerra de posiciones

A diferencia de una confrontación directa o revolucionaria, lo que Gramsci llamaba “guerra de maniobra”, la guerra de posiciones es lenta, acumulativa y estratégica. Se desarrolla en espacios como: La educación, los medios de comunicación, las redes sociales, la cultura popular y las organizaciones sociales.

Es ahí donde se construye o se disputa la hegemonía. No se conquista el poder primero para cambiar la sociedad.  Se transforma la sociedad para hacer posible un nuevo poder.

Esta no es una lucha de asalto inmediato al poder.  No es una toma del palacio ni un momento épico aislado. Es una guerra larga. Silenciosa. Persistente.  Una guerra que se libra todos los días en, como lo decíamos líneas arriba en la escuela, en las redes sociales, en la cultura y en el lenguaje

América Latina: territorio de disputa cultural

 

En América Latina, la batalla cultural es especialmente intensa porque la región arrastra una historia de: Colonialismo, Desigualdad estructural y Exclusión de pueblos indígenas y sectores populares.

 

Durante períodos, el sentido común dominante fue modelado por élites políticas y económicas, que colocaron ideas como: El éxito individual por encima de lo colectivo, la supremacía de modelos externos y la naturalización de la desigualdad.

Sin embargo, en las últimas décadas, ese sentido común comenzó a ser cuestionado.

América Latina no está determinada. Está en tensión, entre: el restablecimiento de lo viejo y la construcción de lo nuevo.

Entre: la dominación cultural y la emancipación consciente.  Cada idea, cada palabra, cada distintivo cuenta.

Hoy la batalla cultural es más intensa que nunca.  Porque el viejo orden no ha muerto.  Se reorganiza. Se infiltra. Se reinventa.  Y utiliza todos los medios a su alcance: corporaciones mediáticas, redes digitales, discursos de miedo y manipulación emocional.

No busca convencer con argumentos. Busca instalar percepciones. Busca dominar sin que se note.

Por tanto, los procesos políticos en diferentes países promovieron una disputa cultural más abierta: por la revalorización de identidades indígenas, la defensa de lo comunitario, la crítica al neoliberalismo y la recuperación de la soberanía económica.

 

Estos cambios no fueron solo políticos. Fueron culturales. Y se buscó instalar nuevas ideas, a saber; que el Estado puede ser un actor de justicia social, que lo colectivo es tan transcendental como lo individual y que existen otras formas de desarrollo, como el “Vivir Bien”.

 

A partir de esto tenemos que decir que hoy la guerra de posiciones se ha intensificado con las redes sociales.  Las plataformas digitales se han transformado en espacios clave donde se disputa: la verdad, la opinión pública y la legitimidad política.

 

Pero también han traído nuevos riesgos: la desinformación, la polarización y la simplificación del debate.  La batalla cultural se volvió más rápida, pero también más volátil.

 

A partir de esto creo que la batalla cultural en América Latina no es lineal ni está resuelta.  Porque existen tensiones: entre tradición y modernidad, entre discurso y práctica, entre Estado y sociedad y entre proyectos populares y restauraciones conservadoras.

 

Esto muestra que la hegemonía nunca es total. Siempre está en disputa.  Porque durante décadas, las élites atribuyeron un sentido común utilitario a sus intereses: que la desigualdad es normal, que el éxito es individual, que lo extranjero es superior, que el Estado es ineficiente y que el pueblo debe obedecer.

 

Ese sentido común no nació solo. Fue construido. Fue enseñado. Repetido. Naturalizado.

 

A partir de esto tenemos que decir que hoy tenemos un desafío.  Y ese desafío no es solo resistir discursos dominantes, sino construir una nueva hegemonía sólida. Eso implica: formar conciencia crítica, robustecer la organización social, generar propuestas culturales propias y conectar discurso con realidad.

 

Porque sin metamorfosis cultural, cualquier cambio político es frágil. Pero los pueblos de América Latina no han perseverado pasivos. Han irrumpido. Han cuestionado. Han resistido. Han comenzado a construir otro sentido común: donde lo colectivo importa, donde la dignidad no se negocia, donde la historia indígena vuelve a hablar, donde el Estado puede ser instrumento del pueblo y donde el progreso no significa destrucción.

 

Esto no es solo política. Es una disputa civilizatoria.  El mayor riesgo no es la derrota electoral. Es la derrota cultural. Es cuando el pueblo empieza a pensar como sus dominadores. Es cuando la injusticia se vuelve aceptable. Es cuando la resignación reemplaza a la esperanza. Ahí la hegemonía se consolida.

 

Por eso, la lucha no puede limitarse a ganar elecciones. Debe construir conciencia. Debe organizar cultura. Debe disputar cada espacio: en el aula, en el barrio, en la familia y en el lenguaje cotidiano.

 

No basta con gobernar. Hay que transformar la forma en que la sociedad entiende el mundo.

 

Por último, tenemos que decir que Nuestra América está en disputa. Porque la batalla cultural no se gana en un día ni en una elección. Se gana cuando una sociedad cambia la forma en que entiende el mundo. En América Latina, esa batalla sigue abierta. No es solo una lucha por el poder y el dominio. Es una lucha por el sentido de la vida colectiva

 

No hay imparcialidad en esta batalla. O se reproduce el sentido común dominante, o se construye y se cimenta uno nuevo.  O se acepta el mundo tal como es, o se lucha por transformarlo desde la raíz.

 

Porque la indiscutible revolución no comienza cuando se toma el poder. Comienza cuando el pueblo deja de pensar como dominado y empieza a pensarse como sujeto autentico e histórico.