José Percy Paredes Coimbra
Este escrito lo realizo en homenaje a Patrice Lumumba y tantos otros lideres y lideresas africanas y afrodescendientes asesinados por pensar diferente.
La Copa Mundial de la FIFA se presenta como la mayor conmemoración deportiva del planeta. En ella concurren culturas, idiomas, religiones y pueblos de todos los continentes. Sin embargo, detrás de la narrativa oficial de inclusión y diversidad, también surgen debates sobre representación, discriminación, desigualdades históricas y decisiones organizativas que han generado polémica.
El Mundial de Fútbol no es simplemente un torneo deportivo. Es también un escenario donde se expresan las relaciones de poder del sistema internacional, las herencias del colonialismo, las disputas culturales y las contradicciones de una globalización que celebra la diversidad mientras reproduce múltiples formas de exclusión.
Detrás de cada partido existe una situación que pocas veces aparece en las transmisiones oficiales: gran parte del éxito deportivo de las potencias futbolísticas se sustenta sobre el aporte histórico de pueblos africanos y afrodescendientes, mientras continúan vigentes mecanismos de discriminación racial, lingüística y cultural que reflejan desigualdades profundamente arraigadas.
Un Mundial cada vez más africano y afrodescendiente
Uno de los fenómenos más transcendentales del fútbol moderno es la creciente presencia de jugadores africanos y afrodescendientes en las selecciones nacionales de Europa y América.
Hoy resulta prácticamente imposible encontrar una selección de élite sin futbolistas de origen africano o afrodescendiente. Francia, Inglaterra, Bélgica, Países Bajos, Portugal, Alemania y España cuentan desde hace años con jugadores cuyos padres o abuelos provienen de países africanos.
Esta realidad refleja dos fenómenos sincrónicos: La migración histórica desde África hacia Europa y el formidable aporte del continente africano al desarrollo del fútbol mundial.
Al mismo tiempo, el Mundial 2026 muestra una presencia africana sin precedentes. La ampliación del torneo a 48 selecciones permitió que África pasara de cinco representantes en 2022 a diez equipos clasificados, robusteciendo la presencia del continente en la máxima competición futbolística.
Países como Senegal, Marruecos, Ghana, Egipto, Costa de Marfil, Sudáfrica, Argelia, República Democrática del Congo, Túnez y Cabo Verde representan una nueva etapa en la internacionalización del fútbol africano.
La composición actual de muchas selecciones europeas es inseparable de la historia colonial de Europa. Francia, Inglaterra, Bélgica, Países Bajos y Portugal erigieron durante siglos imperios coloniales en África, Asia y América. Hoy, los descendientes de aquellos pueblos colonizados son protagonistas de los equipos nacionales que personifican a las antiguas metrópolis.
El fenómeno no debe interpretarse únicamente como una muestra de integración multicultural. También puede analizarse como una consecuencia histórica de los procesos de colonización, migración forzada, dependencia económica y reorganización demográfica producidos por siglos de dominación imperial.
Resulta imposible comprender el fútbol contemporáneo sin mostrarse de acuerdo que buena parte del talento que sostiene a las principales ligas europeas proviene de comunidades africanas y afrodescendientes. Sin embargo, el reconocimiento económico, político y cultural de esos pueblos continúa siendo profundamente desigual.
La batalla por el idioma: el caso del español
Uno de los episodios más controvertidos del Mundial 2026 fue la limitación inicial al uso del español en algunas conferencias de prensa oficiales.
Periodistas denunciaron que futbolistas como Vinícius Júnior, Achraf Hakimi y Frenkie de Jong fueron interrumpidos cuando intentaban responder preguntas en español, pese a dominar perfectamente ese idioma. La FIFA justificó la medida alegando cuestiones logísticas relacionadas con la interpretación simultánea.
La situación provocó críticas especialmente fuertes en América Latina, debido a que México es uno de los países anfitriones y el español constituye uno de los idiomas más hablados del mundo.
Aunque posteriormente la FIFA corrigió el procedimiento, el incidente abrió un debate más profundo sobre las relaciones de poder lingüístico dentro de las instituciones deportivas internacionales.
No se trata únicamente de un problema técnico. El idioma es una herramienta de poder. Determina quién puede expresarse, quién puede ser escuchado y quién tiene capacidad de construir narrativas.
Resulta llamativo que el español, una de las lenguas más habladas del planeta y el idioma predominante en buena parte del continente americano, encontrara obstáculos precisamente en una Copa del Mundo organizada parcialmente en América del Norte.
La situación fue percibida por muchos periodistas y observadores como una expresión de la hegemonía anglosajona que domina los espacios institucionales globales.
Racismo: una herida abierta del fútbol mundial, la discriminación racial persiste
A pesar de las campañas institucionales, el racismo continúa siendo uno de los mayores problemas del fútbol internacional. A pesar del discurso oficial sobre inclusión y diversidad, los casos de racismo siguen siendo recurrentes en el fútbol internacional.
Durante décadas, futbolistas africanos y afrodescendientes han denunciado: Insultos racistas desde las tribunas, acoso en redes sociales, trato desigual por parte de medios de comunicación y estereotipos sobre inteligencia táctica y liderazgo.
La contradicción es evidente: los mismos jugadores que son celebrados cuando marcan goles decisivos son frecuentemente víctimas de ataques racistas cuando sus equipos pierden o cuando desafían estructuras tradicionales de poder.
Esta realidad demuestra que la integración deportiva no ha significado necesaria y obligatoriamente la eliminación de las jerarquías raciales edificadas durante siglos.
El desequilibrio histórico entre continentes
Otra discusión recurrente es la distribución desigual del poder dentro del fútbol mundial.
Durante décadas: Europa concentró la totalidad de los cupos mundialistas, los mayores ingresos económicos permanecieron en manos de clubes europeos, los mejores talentos africanos fueron exportados muy jóvenes, las federaciones africanas recibieron menores recursos que las grandes potencias.
Diversos estudios académicos han señalado que los sistemas de clasificación mundialista comprobadamente favorecieron a determinadas confederaciones y reprodujeron discrepancias entre continentes.
La ampliación del Mundial a 48 equipos pretende corregir en parte ese escenario al conceder más plazas a África, Asia y otras regiones tradicionalmente sobre presentadas.
Mientras los clubes más ricos del mundo logran formidables beneficios económicos gracias a futbolistas africanos, gran parte de los países del continente continúan desafiando situaciones estructurales de pobreza, dependencia financiera y extracción de recursos.
La realidad es extraña. África aporta algunos de los mejores futbolistas del planeta, pero sigue conquistando una posición subordinada dentro de la economía global del fútbol. Los importantes centros de decisión, los contratos multimillonarios, los derechos televisivos y los grandes negocios permanecen concentrados en Europa y Norteamérica.
En otras palabras, el sistema futbolístico simboliza una lógica similar a la del sistema económico mundial: la periferia aporta recursos humanos y riqueza cultural, mientras los centros de poder reúnen y concentran los beneficios.
El fútbol como espejo del mundo
El Mundial no es simplemente un torneo deportivo. Es también un reflejo de las tensiones del planeta: Migraciones, colonialismo histórico, racismo estructural, diversidad cultural, disputas lingüísticas y concentración económica.
La fuerte presencia de futbolistas africanos y afrodescendientes en casi todas las selecciones, manifiesta que el fútbol moderno es intensamente multicultural. Sin embargo, controversias como la exclusión inicial del español en las conferencias de prensa o los persistentes casos de racismo demuestran que la inclusión proclamada por las instituciones deportivas todavía convive con prácticas y estructuras que generan controversias.
El Mundial sigue siendo una fiesta global, pero también un escenario donde se ponen en evidencia las contradicciones de un mundo que avanza hacia la diversidad mientras arrastra desigualdades históricas que aún no han sido plenamente superadas.
La FIFA se muestra como una organización imparcial dedicada al desarrollo del deporte. Sin embargo, su enorme influencia económica, mediática y política la convierte en un actor global de primera dimensión.
Las decisiones sobre sedes, reglamentos, patrocinios, idiomas oficiales, acreditaciones de prensa y mecanismos de representación tienen contradicciones que van mucho más allá del deporte.
En este sentido, el Mundial puede entenderse como un espacio donde se disputa también la supremacía cultural global. En este punto quisiéramos preguntar ¿Quién cuenta la historia del torneo? ¿Quién registra y controla la narrativa oficial? ¿Quién delimita qué voces son escuchadas y cuáles quedan arrinconadas? Estas preguntas son tan importantes como los resultados deportivos.
El Mundial como ejemplo de las contradicciones del siglo XXI
El Mundial 2026 manifiesta las grandes contradicciones de nuestro tiempo. Por un lado, muestra una humanidad cada vez más mestiza, diversa e interconectada. Las selecciones nacionales son el resultado de procesos históricos complejos donde convergen migraciones, diásporas, mezclas culturales y herencias compartidas.
Por otro lado, permanecen estructuras de poder heredadas del colonialismo, el racismo, la desigualdad económica y la dominación cultural.
El fútbol manifiesta cada día que los pueblos pueden convivir, competir y construir proyectos comunes independientemente de su origen étnico o cultural. Sin embargo, las instituciones que administran ese espectáculo todavía arrastran prácticas y lógicas que reproducen exclusiones históricas.
El gran absurdo del Mundial es que el torneo más universal del planeta sigue desarrollándose dentro de un orden internacional donde los beneficios económicos, la capacidad de decisión y la producción de sentido continúan concentrados en pocos centros de poder.
Por ello, analizar el Mundial únicamente como un evento deportivo es insuficiente. También debe entenderse como un campo de disputa cultural, política e ideológica donde se enumeran las tensiones entre diversidad y dominación, inclusión y exclusión, reconocimiento y subordinación.
El balón circula sobre el césped, pero detrás de cada partido también se juega una batalla por la memoria histórica, la representación de los pueblos y el derecho de las mayorías a ser actores y protagonistas de su propia narrativa.

